Hace un tiempo, cuando ni siquiera había empezado esta aventura de proyecto contra el desperdicio alimentario, tuve el honor de conocer a Mauricio, una persona que ha dedicado media vida a trabajar en una panadería, y pude escuchar cómo me contaba lo laboriosa y a la vez placentera que puede llegar a ser la elaboración de pan.

Levantarse a horas intempestivas para comenzar la jornada, utilizar las manos para mezclar los ingredientes y amasar, la paciencia ante la espera de que las levaduras trabajen esa masa y le añadan sabor y volumen, la cocción perfecta, lenta, dorando poco a poco las barras…El aroma que impregnaba todo…Y lo más importante, aquellas personas que cada día valoraban su trabajo, visitando la tienda siempre fieles y agradecidos.

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Además de todas esas sensaciones que probablemente os esté provocando este texto, a mi se me pasó un pensamiento por la cabeza, cosa que sigo pensando a día de hoy: estamos desvinculados. Desvinculados de la elaboración de los alimentos, ya que parece que desde hace unos años, la gran mayoría de ellos nacen en las grandes superficies. Desvinculados de esas personas que se dedican a hacer que esos alimentos estén ahí, fácilmente alcanzables, pasillo a pasillo del supermercado. Y ya no hablo ni de grandes superficies, porque también estamos desvinculados de personas como Mauricio, que era panadero artesano.

Diréis que exagero, pero creo que hay un dato que respalda mi hipótesis: según los estudios realizados por varias entidades, desperdiciamos 1 de cada 3 alimentos que se producen. Y me diréis que es normal, que esta desvinculación se debe a la industrialización, que ya no queda gente como Mauricio, que todo sale de fábricas y por lo tanto es normal que se tire la comida, porque se produce muy fácilmente. Y probablemente tengáis razón.

Pues bien, ahora os voy a contar lo más paradójico de esta historia: conocí a Mauricio trabajando en una fábrica de pan industrial. A parte de lo que ya he escrito, me contó que comprende los avances de las tecnologías, que el ritmo de vida ya no es el que era y que en el momento que cerró su panadería, supo que su experiencia laboral no había terminado ahí.

Y ahora me pregunto ¿por qué es tan difícil de ver la similitud entre las dos situaciones? ¿Por qué nos cuesta tanto entender que aunque los procesos hayan cambiado, los alimentos siguen siendo igual de necesarios? Ya sin entrar en materia de medioambiente o de personas que no se pueden permitir ir a la compra, mi conclusión es que debemos reflexionar un poco más sobre nuestros actos y devolver el valor que un día tuvieron los alimentos, cuando conocíamos al panadero por su nombre.

Categorías: Opinión

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